La violencia escolar en Argentina viene escalando, ya no se trata solo de conflictos entre pares, sino una vulnerabilidad extrema cuando el objetivo son los chicos con discapacidad.
Somos testigos de un incremento alarmante de la violencia escolar, desde amenazas y presencia de armas. Existe una faceta de ésta violencia particularmente cruel, la agresión sistemática dirigida hacia niños y adolescentes con discapacidad.
Es cada vez más notoria la falla estructural y la carencia profunda en la formación ciudadana, donde los agresores suelen identificar las limitaciones físicas o cognitivas como una gran oportunidad..
Vale reconocer, que en nuestro país, la integración social ha sido un paso legal importante, sin embargo, la inclusión real sigue siendo una deuda pendiente, pues no basta con que un niño con discapacidad esté en el aula.
Es imperante detectar y frenar éstas dinámicas antes de que continúen, en muchos casos la violencia que se vive en las escuelas suelen ser el eco de los prejuicios y la agresividad que los chicos absorben en sus entornos.
Si permitimos que un niño sea golpeado por su condición estamos fracasando como sociedad. Es una realidad alarmante y una fractura social muy profunda. En varias ocasiones docentes y directivos terminaron siendo víctimas, el personal educativo en la actualidad se encuentra en una encrucijada dado que los padres no se hacen cargo, justifican o minimizan las acciones de sus hijos.
Existen foros y comunidades digitales donde se normaliza y se premia éste tipo de violencia, ya no se trata de un arrebato de ira, es planificado y coordinado.
Escribo éstas líneas haciendo referencia en particular en la planificación digital y en la crueldad selectiva hacia la discapacidad, ésto está pasando y es aterrador, no es un acto espontáneo, los adolescentes se nuclean de servidores donde se incitan mutuamente a cometer actos de agresión donde golpear o hasta matar a un discapacitado es un reto.
La falta de control parental genera un mensaje de impunidad por lo que es necesario comenzar a mirar la responsabilidad legal de los tutores. Se está gestando una generación que ve la vulnerabilidad ajena como objeto de diversión.
¿Acaso los padres saben lo que contienen los dispositivos de sus hijos, con quienes hablan y en que foros participan?
Si no se toman cartas en el asunto, mañana será demasiado tarde.

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